15 de mayo, San Isidro Labrador. Un día celebrado por las gentes de Madrid y por los agricultores. Felicitamos a ambos, pero dedicamos unas líneas a los últimos, a los que, como bodegueros, les debemos todo. Porque su trabajo es la esencia de nuestro éxito.

Los hombres de campo, los labradores, tienen los pies en la tierra y la cabeza en el cielo. Estos hombres sabios y pacientes trabajan desde el alba hasta al anochecer en labores arduas, a menudo solitarias y con temperaturas muchas veces extremas. Escucharles y tratar de aprender lo que hacen, es apasionante.

La poda durante los meses más fríos del año, cepa a cepa, majuelo a majuelo, deja la vid dispuesta para que en marzo después de la labranza, comience el lloro que anuncia los primeros brotes e indicios del ciclo de la vida de la vid. En primavera, la floración, y tras ella las podas en verde, a veces el deshojado para ventilar y controlar la insolación de la cepa cuando hay exceso de vegetación, y después el desnietado, en el que se eliminan los brotes o “nietos” improductivos. Estas labores meticulosas, no sólo miman a la viña sino que además descargan la vid, en beneficio de la calidad del fruto.

Con el calor llega el envero que tiñe los granos de tonos dorados, rosados y violetas, y la vendimia en verde, una muestra más de la generosidad del viticultor que se desprende de racimos, con el único fin de aliviar en cantidad para ganar en calidad. Ya en septiembre, los muestreos controlan el grado de maduración de la viña, a la espera de la vendimia, donde la sabiduría e intuición del agricultor, con la mirada puesta en el cielo, es esencial.

La recompensa del viticultor será recoger el fruto esperado. La nuestra contar con la mejor uva para nuestros vinos y con la fidelidad y amistad de esos hombres del campo. Para ellos, nuestro apoyo. Brindemos por ello.

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